Cuando el miedo obliga a una persona a callar, cerrar sus redes o dejar de participar, la violencia digital deja de ser un problema individual y se convierte en un problema democrático. Organizaciones feministas, migrantes y de las diversidades buscan responder al odio sin abandonar internet: ocupándolo, disputándolo y construyendo la red que quieren habitar.
Por: Sofía López. Edición por Amanda Marton | Revista Abismo
Ella venía de Colombia y jamás entendió la lucha LGBTIQANB+. Fue criada de forma conservadora y ni siquiera comprendía el significado de la sigla. Había escuchado quizás alguna vez hablar de un familiar lejano que podía pertenecer a las disidencias. Tenía 50 años y no se sorprendía ni indignaba cuando leía comentarios ofensivos en redes sociales dirigidos a la comunidad. Hasta que participó de una mesa de conversación presencial que cambió su paradigma.
En ese encuentro, ella decidió compartir su experiencia como jornalera agricultora en la frontera de Chile con Perú en la ciudad de Arica y de vuelta le tocó escuchar la historia de un chico trans y todo lo que había vivido. Con lágrimas en los ojos reconoció en esa persona experiencias similares a las suyas: estereotipos, lucha, esfuerzo, sobrevivencia.
A veces, para comprender una violencia que parece ajena, primero hay que reconocer la propia experiencia de vulneración. Ese fue uno de los aprendizajes que Nairbis Sibrian, parte de la Asociación Chilena de Investigadoras e Investigadores de la Comunicación, se llevó de aquella conversación. “El reconocerse como sujeto construido, vulnerable por las estructuras, les permitió empatizar, vincularse, reconocerse y entender violencias que de otra manera no hubiesen comprendido”, dice ella, quien guió esa mesa de grupo focal y durante agosto, en una tarde fresca de invierno en Santiago, expone frente a nueve organizaciones de la sociedad civil reunidas en Barrio Italia para compartir, reflexionar sobre cómo la violencia digital afecta a la democracia en el primer Coloquio Defensa de Derechos, coordinado por Fondo Alquimia.
“Todos hemos vivido de una u otra manera violencia estructural”, afirma Nairbis, quien ha viajado por Chile en busca de los impactos del odio en las mujeres migrantes, y en cada rincón que ha visitado, el efecto es el mismo: absoluto silencio, completa autocensura. El equipo de investigación del cual es parte ya ha visitado Arica, Valparaíso y la región Metropolitana pesquisando historias de vida de mujeres migrantes que han experimentado violencia digital. Hasta ahora, han podido identificar que al menos la mitad de las personas encuestadas –más de 500– han sido objetivo de violencia de género digital y/o xenofobia.
Quienes participaron del Coloquio saben mucho sobre eso. Lo han vivido en carne propia o lo han investigado junto a sus organizaciones en los últimos años. Han levantado datos, hecho encuestas, ido a territorios, recopilado experiencias y ahora se reúnen lejos de la pantalla, en la vida real, para compartir sus aprendizajes. Para abrazarse y confiar en esa frase que, a veces, aparece en manifestaciones del país: “Apaga la pantalla y enciende tus sentidos”.
Isabel Castillo, de Fondo Alquimia —un fondo de mujeres feminista, que trabaja por los derechos humanos de mujeres, niñas y diversidades sexuales y de género— expone una dualidad innegable: hoy las redes sociales son útiles para el activismo o para la defensa de los derechos, organizarse y hacer comunidad, pero también para ejercer violencia, donde existen mecanismos de manipulación de los algoritmos, como los bots. Aunque uno de los hallazgos más preocupantes de la investigación que realizaron (Violencia digital hacia activistas migrantes en Chile) es que la mayoría de las cuentas que ejercen mayor violencia y difunden discursos de odio son de personas reales y no de bots.
Por eso, Fondo Alquimia ha convocado en el mes de agosto a un grupo de organizaciones que actúan frente a la violencia digital, en el marco de Nuestras Redes Funcionan, de la Alianza de Fondos de Mujeres y Feministas de América Latina y el Caribe, con una pregunta clave: ¿Cómo la violencia digital afecta la participación y democracia?
En un intento por erradicar el odio en las plataformas virtuales, la Organización para las Naciones Unidas (ONU) define a la violencia digital como “cualquier tipo de comunicación
ya sea oral o escrita que ataca o utiliza un lenguaje peyorativo o discriminatorio en referencia a una persona o grupo en función de lo que son”.
Se trata de una preocupación de creciente magnitud y que afecta mayoritariamente a mujeres jóvenes, niñas y personas de las diversidades y disidencias sexuales y de género. Es que, como dicen a lo largo de la jornada, la violencia digital instala una desconfianza y un estigma que hacen que la democracia pierda diversidad. Y cuando esto se pierde, también se disminuye la capacidad de deliberar sobre lo común. He ahí la importancia de un encuentro como este.
Quiénes pueden hablar en internet
Si la violencia consigue silenciar, por ejemplo, a través del ciberbullying, cabe preguntarse cómo llega a instalarse ese miedo. Karen Vergara, de la ONG Amaranta, ha dedicado buena parte de su trabajo a rastrear precisamente esa maquinaria.
De acuerdo con la investigadora, este tipo de odio suele apelar al cuerpo, es ejercido por parejas o exparejas, grupos políticos conservadores, comunidades en foros, familiares, compañeros de estudio o trabajo, padres deudores, comunidades religiosas, personas que ya nos violentan offline y grupos identificados como “odiantes”. En la ONG detectan la presencia del auge del discurso antifeminista fomentado por algoritmos de grandes plataformas: “Al algoritmo le gusta que un contenido nos indigne. Los contenidos que nos generan emociones fuertes y, por sobre todo, enojo, nos hace pasar más tiempo en esa publicación, comentando y discutiendo”, asevera Karen. Para identificar los tipos de odio, crearon una montaña de la violencia digital, algo así como el iceberg de la web, con lo “visible”, las “formas explícitas”, lo “invisible” y las “formas sutiles”.
Desde su experiencia, Fabiola Gutiérrez, de Corporación Humanas, afirma: “La violencia digital es una extensión de las violencias que ya conocíamos, ahora criticada, acelerada y muchas veces invisibilizada por la tecnología”. Recientemente presentaron su XV Encuesta de Percepciones de las Mujeres, donde detectaron que un 63% de las consultadas considera que las redes sociales son un espacio de hostigamiento hacia las mujeres y 6 de cada 10 usuarias no denuncia la violencia por temor.
Historias en carne propia
Los efectos de la violencia digital no son iguales para todas las personas. Cambian según el cuerpo que habla, el lugar desde donde lo hace y las condiciones que ya cargaba antes de entrar a una plataforma.
“Yo soy lesbiana”, anuncia Érika Montecinos de la Fundación Poderes, una organización que trabaja por fortalecer las vocerías desde el movimiento LGBTIQANB+. “Yo no puedo ni voy a dejar de presentarme por quién soy”, dice. De la misma manera lo hizo en campaña, cuando fue candidata para la Convención Constituyente. Su perfil político desde un principio tuvo un vector; lo queer, y fue por ello que sufrió violencia digital.
Desde Poderes afirma Érika que los ataques a referentes sociales y personas voceras aumentan en contextos electorales; “sobre todo a quienes eran candidates; lo dice mi experiencia”, cuenta Érika. Así también pone sobre la mesa lo que para muchos no es obvio; desde hace un tiempo, las disidencias han reducido su presencia en las narrativas públicas, perdiendo terreno.
Y entonces observan que esas amenazas a su existencia y prevalencia nacen desde los discursos de odio en las plataformas, el ciberacoso, así como acciones “concertadas por grupos de ultraderecha alineados para atacar ciertos perfiles”, y no únicamente a través de ofensas, sino que por medio de la exposición de datos personales (conocido como doxing); en su caso la expusieron trabajando en el servicio público, lo que ganaba y sus vinculaciones. Incluso, en una ocasión, una de esas plataformas levantó una alerta en su contra por “vulnerar a la comunidad”.
“Discursos de odio o expresiones afloran en contextos de crisis”, dice David Arboleda, de la Red de Periodistas Migrantes de Chile. Redes como Meta y X, explica, producen contenidos que buscan atrapar la atención de las y los usuarios, lo que se conoce como economía de la atención, y por ello es que priorizan contenidos con una connotación negativa hacia la migración. Esto, explica, tiende a traspasarse a la prensa. “Las personas que migramos no somos consultadas por la prensa común en contextos donde se abordan estas narrativas. Los medios preguntan a los expertos “¡¿cómo están los migrantes?!” pero nadie nos pregunta a los migrantes cómo estamos”, comenta.
Desde otra vereda, Facundo Ríos invita a “abrazar el estigma”. Él creció en la década de 1980, en un mundo de “colipatos”, “maricones” y “sidosos”, donde el concepto gay no existía en el vocabulario. Fue precisamente la acumulación del enfado y también del saber lo que le llevó a trabajar en la Fundación Savia, enfocada en el acompañamiento y apoyo a personas con VIH o SIDA durante el proceso de diagnóstico y su tratamiento. Desde ahí, cuenta que varias personas han empezado a adoptar los insultos y aprehenderlos como propios, pero con apellido: sidoso antifascista. Facundo enseña a leer entre líneas: “La violencia digital no solo busca modificar lo que pensamos, sino en quiénes confiamos para entender el mundo”, dice.
Facundo menciona la importancia de saber leer lo digital, porque más allá de entender cómo utilizar las redes sociales, es necesario habitarlas. De la misma forma instala en el debate las brechas de la digitalización de los procesos democráticos Michel-Ange Joseph, de la Fundación Cónclave Investigativo de las Ciencias Jurídicas y Sociales (CIJYS). Para ella la violencia digital no puede ser limitada únicamente al acoso en redes sociales, porque también existe –y persiste– a través de sistemas tecnológicos y plataformas automatizadas que obstaculizan el acceso de derechos y privan el ejercicio democrático de las personas.
Michel-Ange habla de “la máquina” para referirse a sistemas que suponen ser inteligentes pero terminan por limitar y marginar a grupos de la sociedad. Uno de los tantos casos que le ha tocado enfrentar fue cuando un ciudadano haitiano-brasileño estaba intentando regularizar su situación en Chile y el organismo automatizado le solicitaba los antecedentes penales de Haití, pero él llevaba años sin vivir allí y era legalmente ciudadano de Brasil. Frente a eso ingresó una queja en el sistema alegando que él llevaba 5 años fuera del país y tenía pasaporte brasileño. El resultado: la máquina no respondió. Otro de las situaciones a la que ha tenido que enfrentarse ha sido cuando las máquinas no reconocen el tono de piel negro y, por lo mismo, las personas ven obstaculizados sus trámites legales y migratorios.
La activista plantea que la pregunta correcta no es si usamos la tecnología, sino qué tipo usamos y qué democracia construimos con ella, porque “cuando las máquinas retrasan trámites, invisibilizan personas, bloquean derechos, manipulan informaciones e interfieren en la deliberación pública, la violencia digital deja de ser un problema técnico y se convierte en un problema democrático”.
La práctica colaborativa
Frente a un fenómeno que parece diseñado para aislar, las organizaciones reunidas en este encuentro ensayan la respuesta contraria: trabajar juntas.
Para Pamela Jaime Elías, de la Asociación Chilena de Protección de la Familia (APROFA), habitamos un momento en el que cuesta hacer la distinción entre espacios y donde el odio atraviesa la cotidianidad. En el último tiempo, precisa, y en conjunto con el avance de discursos extremos y conservadores, se han visto expuestas incluso desde la organización. Estas amenazas y retrocesos, sostiene, se deben enfrentar “desde la mirada y práctica colaborativa”, y esa es la oportunidad que ven en el contexto vigente: “La única forma de resistir ante el odio es seguir trabajando por un objetivo claro”.
La respuesta inmediata de APROFA es continuar, crear espacios seguros, seguir buscando financiamiento para llegar a más espacios territoriales y extender la importancia de la educación sexual integral (ESI), como lo es el caso de una investigación en conjunto con la ONG Savia sobre la desigualdad y la dificultad que hay en el acceso a salud. Desde allí lo que intentan es precisamente transformar no solo la manera en que las personas piensan los fenómenos o el imaginario de ser una persona seropositiva, sino más bien que “las personas identifiquen en qué confiar y en qué datos se puede depositar confianza para conocer el mundo”, dice Facundo.
Y entremedio de todos, levanta la mano Camala Marambio, de Kilombo Negrocentricxs.
—Yo quiero hacer un canal de televisión alternativo con todes ustedes. En vez de perseguirle la cola al ratón, ¿por qué no mejor construir algo alternativo desde nosotres?
Resistir sin desconectarse
Esta tarde, los diagnósticos son claros: queda mucho por hacer.
Las estrategias más comunes adoptadas transversalmente por las personas víctimas de violencia digital son denunciar, reportar y bloquear a los autores del odio. En ocasiones, estos ataques se manifiestan en forma de hackeos, comentarios y amenazas directas. De acuerdo con Nairbis, una estrategia que puede parecer eficiente es la restricción y selección de audiencia, mantener conversaciones privadas y abandonar las plataformas. Si bien estas respuestas permiten mantener control sobre la información personal, reducir riesgos y resguardar la seguridad, coartan la libertad de expresión, por lo que más allá de exigir mejores y nuevos marcos regulatorios, su llamado es a fortalecer redes de apoyo y compartir propósitos en común.
Desde Fondo Alquimia coinciden en actuar colectivamente, de forma mancomunada; apelar a la colectividad para enfrentar el hecho, además de informarse sobre protección digital de sus cuentas. Para la organización, un activismo migrante con recursos para desarrollarse, levantar datos sobre el tema y que las ongs y movimientos incorporen el activismo digital como herramienta, es clave para avanzar hacia un espacio más seguro y democrático.
La Fundación Poderes invita al uso de protocolos de seguridad digital cuando los perfiles son individuales, tales como revisar la configuración de privacidad de las redes sociales, usar contraseñas únicas y fuertes, habilitar autenticación de dos factores, verificar confiabilidad de las aplicaciones y tomar conciencia de los riesgos, porque el mayor perjuicio es subestimar el peligro.
Un actor que se dedica a informar sobre los derechos digitales es Infomigra. Alexis Torreblanca asegura que en ocasiones las personas no dimensionan la importancia de sus derechos digitales y muchas veces los desconocen. Para él, el caso de Ceuta es el mayor ejemplo de cómo la desinformación derivó en una migración masiva dejando a más de cien personas provenientes de Marruecos muertas. “Falta tomarle el peso a lo digital”, agrega.
Es que lo digital, no hay que olvidarlo, también contribuye: permite una mayor organización, visibilidad, denuncia e, incluso, activismo.
Sociabilizar es otra palabra que se roba la atención. Patricia Loredo, de Corporación Colectivo Sin Fronteras, defiende la importancia de compartir con la comunidad las herramientas legales vigentes para enfrentar el odio, pero también de levantar informes y exigir transparencia a los Estados, especialmente en lo que se refiere a las niñeces migrantes. Por su parte, Soy Alma de Negra comparte talleres de arte, trenzado y turbante reafirmando la identidad racializada, vinculando la academia para investigar comparativamente los marcos contra el racismo de Colombia, Brasil y Chile.
De cara al futuro, Fondo Alquimia llama a no restarse de los espacios y a crear “la internet que queremos”. También a hacer compromisos comunes y continuar financiando organizaciones de derechos humanos para su sostenibilidad, y de esta manera poder llegar “a la mayor cantidad de territorios posibles”, concluye Isabel.
Fotografías por Jorge López Orozco | Revista Abismo


